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Fondos de autor y jugadores de poker
Sobre el incipiente ecosistema de fondos de autor, la costumbre de bancarse entre jugadores de poker y por qué la diferencia es lo único que justifica repartir capital entre gestores.
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrásse ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
Últimamente, perdiendo el tiempo en fintweet y derivados, me ha dado por fijarme en la cantidad de futuras promesas que están apareciendo en el panorama de la inversión retail. Caras nuevas, tesis de inversión, gráficas de rentabilidad acumulada, capturas de informes anuales subrayados con dos colores. Tengo la sensación - quizá equivocada, quizá no, ya veremos - de que este goteo constante derivará, tarde o temprano, en una gran cantidad de fondos de autor. Creo que esto, no es sino la conclusión lógica de la marca personal en la inversión.
Y, como aquí no he venido a resolver nada sino más bien a sembrar dudas, me pongo a pensar en lo que podría ocurrir si esto efectivamente sucede.
Lo primero que se me viene a la cabeza es el póker. Concretamente, esa costumbre que tienen los jugadores profesionales de bancarse entre sí. Si lo trasladamos a este nuevo escenario, la idea tiene bastante lógica: si yo soy Fulanito y mi estilo es X, podría tener sentido comprar una parte de Menganito si su estilo es Y, descorrelacionado del mío. No porque Menganito sea necesariamente mejor inversor (de hecho, igual ni siquiera lo es), sino porque ve cosas que yo no veo, se mueve por terrenos que a mí ni se me ocurriría pisar, o aguanta riesgos que a mí me resultarían tan incómodos como escuchar a mi cuñado explicarme por qué Bitcoin es una estafa.
Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.
Aunque Ortega no estaba pensando precisamente en gestores de fondos cuando escribió esto, me sirve para llegar a donde quería. Bancarse entre inversores tendría sentido si cada uno aportara una mirada propia, una forma distinta de estar situado ante el mercado. El problema (y aquí está, creo, el punto interesante) es que la mayoría de estas jóvenes promesas1 no son tan distintas entre sí como a mí me gustaría.
Llevan carteras parecidas. No tanto en las posiciones concretas - aunque también, todo hay que decirlo - sino en algo más profundo: la filosofía. Mucho negocio de calidad, mucho compounder, mucho calidad a precio razonable, mucho foso económico, mucho si cae, compro más. Es como si todos hubieran leído el mismo libro, subrayado las mismas frases y memorizado las mismas anécdotas de Buffett en la junta de Berkshire (que, por otra parte, también son siempre las mismas y me encantan).
Y aquí entra de nuevo mi pequeña obsesión por observar lo que me rodea (que considero el verdadero motor de cualquier cosa interesante que se pueda hacer). Si todos miran el mercado desde el mismo sitio, con las mismas gafas y las mismas referencias, bancarse entre sí pierde el sentido. Estarías comprando una versión ligeramente distinta de lo que ya haces tú; sería como si yo me dedicara a leer libros de autores a los que adoro y, además, le pagara a otra persona para que leyera por mí los libros de esos mismos autores y me contara, con sus palabras, lo que ya he leído.
No todos los que deambulan están perdidos.
Volviendo al asunto que me ocupa: creo que en este hipotético ecosistema de fondos de autor lo verdaderamente valioso serán los inversores que se salgan del manual. Los que tengan estilos propios. Los que no hagan lo mismo que la mayoría. Los raros, los incómodos, los difíciles de encajar en una clasificación de Morningstar. Los que, en vez de aplicar la misma fórmula que todos los demás, hayan llegado a su forma de invertir tras toparse con cosas (libros, mercados, errores, decepciones) que les han ido empujando a un sitio propio.
Y aquí, aunque me cueste reconocerlo (porque no me gusta nada hacer recomendaciones de nadie, mucho menos en un terreno tan resbaladizo como este), tengo que hacer una excepción. A todo el mundo familiarizado con el tan popular estilo de inversión quality/growth/value, les recomendaría echar un vistazo a David Orr (@orrdavid); para entender, precisamente, a qué me refiero cuando hablo de una gestión diferencial y flexible. Ha sido él, en parte, quien me ha hecho darme cuenta del valor de ser diferente en la inversión; no sólo porque muestra rendimientos extraordinarios con su muy particular estilo, sino por la propia estructura de su hedge fund (que, dicho sea de paso, lleva unas rentabilidades apabullantes).
Su vehículo es una fascinante recolección de los mejores inversores que parece ir encontrando (creo que van tres de momento, incluyéndole a él), y el partícipe reparte sus ovejas entre tan buenos pastores. La clave de esto - más allá de que los tres gestores sean excepcionales (uno en España, por cierto: @RodriGo_ethe) - es que cada gestor tiene un estilo de inversión independiente, distinto y descorrelacionado. No se trata de tres versiones del mismo value investor peinadas de manera ligeramente distinta, sino de tres formas genuinamente diferentes de mirar el mercado conviviendo bajo un mismo paraguas.
Mi sueño, quizá, sea ese: que cada una de estas jóvenes promesas vaya evolucionando hacia un estilo propio y diferenciado - tropezando, leyendo, equivocándose, dejando atrás lo que les sobra del manual aprendido - y que al inversor particular se le haga posible, algún día, armar su propia mesa: bancarse a varios gestores que jueguen manos genuinamente distintas, con estilos que de verdad se complementen en lugar de solaparse. No comprar tres veces la misma participación disfrazada de tres nombres distintos, sino repartir el riesgo entre miradas que, precisamente por ser diferentes, acaben sumando.
De saber identificar qué lentes le has puesto a tus ojos sin darte cuenta, qué prejuicios cargas, qué cosas das por hechas porque las leíste un día en Twitter (perdón, en X) y se te quedaron grabadas como verdades reveladas. Igual que ocurre con el humor (que también va de observar), el estilo propio de un inversor no se aprende del todo: se tiene o no se tiene. Se puede pulir, claro, pero hay algo innato que tiene que ver con cómo enfrentas la incertidumbre, qué te resulta atractivo, qué te aburre, qué te pone nervioso.
Por eso, si efectivamente termina apareciendo este nuevo ecosistema de fondos de autor, no me interesarán especialmente los que reciten de memoria el catecismo del quality investing. Me interesarán - como casi siempre - los que vayan por libre. Los que se atrevan a equivocarse en público y a reconocer, sin convertirlo en pose, que a veces no saben. Los que tengan más de cinco contradicciones al año, porque - como decía aquel - menos de cinco contradicciones es dogmatismo. Los que, aunque sean más raros y menos vendibles en una nota de prensa, aporten una forma de mirar el mercado que no sea otra fotocopia del mismo manual.
Lo demás, me temo, será ruido. Otra mesa llena de jugadores con las mismas cartas, apostando a lo mismo, convencidos cada uno de que su mano es única.
Footnotes
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Cuando hablo de jóvenes promesas no lo hago en absoluto en sentido peyorativo, sino más bien al contrario. Me parece estupendo que haya gente nueva animándose a publicar cartas, montar vehículos, contar lo que hace y por qué lo hace. Sin esa generación entrante - dispuesta a exponerse, a equivocarse en público y a defender sus tesis frente a quien quiera leerlas - el panorama sería bastante más aburrido y, sobre todo, bastante más cerrado. Lo que comento sobre el parecido entre carteras no es una pega contra ellos, sino una observación sobre algo que, casi inevitablemente, ocurre cuando mucha gente se forma a la vez leyendo a los mismos autores y bebiendo de las mismas fuentes; me podría incluir perfectamente a mí mismo en todas las críticas. ↩
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