Creo que la culpa frena a mucha gente que podría emprender
Hablaba el otro día con un amigo de la empresa. Antes de irme quisimos tener una última charla, de esas finales, tranquilas. Es un chico joven y, en el pasado, había tenido muchísima ambición. De montar cosas. De entregarse a un proyecto. De construir algo propio.
Pero con los años esa ambición se fue apagando. Poco a poco. Hasta que, según me contaba, acabó desarrollando casi rechazo por la idea. Un desdén raro.
Sentía que lo que hacía estaba mal.
Que vender un producto a otra persona era, de alguna forma, engañarla.
Que daba igual lo que construyeras, nunca sería lo suficientemente bueno como para que alguien pagara por ello.
Y, en el fondo, una sensación más general todavía: que ganar dinero era algo malo.
Lo interesante es que él mismo reconocía que, si lo pensaba en frío, punto por punto, nada de eso tenía sentido. No había nada objetivamente malo en crear algo útil. Ni en venderlo. Ni en ganar dinero por ello. Lo sabía. Lo entendía racionalmente.
Pero aun así… la sensación no desaparecía.
Y creo que esto le pasa a muchísima gente. Mucha más de la que pensamos. Esa incomodidad difusa, esa culpa que no sabes muy bien de dónde sale, pero que está ahí. Y creo sinceramente que esa sensación es una de las principales razones por las que tanta gente nunca emprende, nunca intenta montar nada.
Y, siendo un poco más bruto, creo que también es responsable de mucha miseria en el mundo. Porque cuando personas capaces dejan de crear por culpa, miedo o vergüenza mal colocada, todos perdemos un poco.